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Escuchar la propia y las culturas ajenas

Ibidem, pagg. 120-132

ESCUCHAR LA PROPIA Y LAS CULTURAS AJENAS

 

La persona que escucha es un ser en continuo cambio

  1. El hombre o la mujer que se abren a la escucha de si mismos, a la luz de la escucha de la Palabra de Dios que se encarna, se hacen personas que se vuelven en continua transformación, personas que no se ilusionan en poseer la propia identidad, sino que  esperan  recibirla día tras día como revelación siempre nueva, inédita, imprevisible. Estas personas pueden decir, sobre la base de la misma experiencia interior: yo no sé quién soy, pero me vuelvo cada día más yo mismo, abriéndome en plena confianza a mi transformación y a las relaciones, (de escucha), intra – e interpersonales.

Estas personas replantean por lo tanto todas sus relaciones para que se vuelvan ocasiones concretas para reconocer siempre mejor a si mismos, para extenderse, y por lo tanto para ayudarse y servirse reciprocamente,  y  de esta manera  darse la paz.

Ahora quisieramos ver si este modelo de humanidad, metamórfica y trans-figurativa, que hace presión en nosotros y en la historia del planeta para volver a dar vida e impulso a nuestras existencias individuales y al proceso histórico-colectivo,

  1. a) corresponde a nuestra identidad cristiana, es decir, a como nuestra fe da forma a nuestra subjetividad humana;
  2. b) haya luego funcionado en la historia cultural del cristianismo occidental como paradigma de la identidad humana;
  3. c) pueda, por fin, hoy volver a lanzarse como figuración espiritual y cultural específicamente cristiana, en grado por un lado de volver a conjugar la tradición cristiana a los resultados más evolutivos de la modernidad, y del otro de relacionarse de modo nuevo a las otras tradiciones religiosas y culturales de la tierra, justamente en el sentido del darse la paz reciprocamente.

Es decir, queremos preguntarnos, a la luz del título de esta intervención: cuál figura de nuestra identidad estamos llamados a encarnar, (cuál es nuestra cultura: quiénes somos en cuánto cristianos); y por lo tanto como podemos relacionarnos como tales a las demás culturas.

 

La identidad paradójica del cristiano

  1. ¿Pues qué significa específicamente ser cristianos?

Partimos de este pasaje de la Primera Carta de Juan: “ Desde ahora nosotros somos hijos de Dios, pero lo que seremos no ha sido todavia revelado. Sabemos pero que cuando él se haya manifestado, nosotros seremos como él, porque lo veremos tal como él es”. (3,2)

Ser cristiano significa pues ser ya, en Cristo, hijos de Dios, pero no saber lo que eso significa: es decir yo no sé lo que ya soy, quién yo ya soy. Mi ser no me es todavía plenamente manifestado, por lo tanto mi identidad aquí sobre la tierra está todavía en formación, en gestación: está naciendo. Justamente por este estado de espera en que me encuentro con respecto de mi propio ser, yo soy constitutivamente una persona en escucha: abierta, receptiva, fluida, plástica, dispuesta a dejar trans-formar mi mente, y por lo tanto en continua metanoia.

  1. La identidad del cristiano es por lo tanto paradójica: tanto más soy cristiano, y tanto menos me poseo conceptualmente y puedo definirme. Cuanto más fuerte es mi identidad cristiana y tanto menos sé quien soy, y por lo tanto menos puedo identificarme completamente con lo que en su momento podría suponer de ser: mis identificaciones históricas, sexuales, sociales, nacionales, o religiosas. El yo cristiano parece un tipo de potencialidad abierta del Amor que se adueña de mí para transformarme en si y dar así paz al mundo. Convertirse en cristianos por tanto significa en cierto sentido perder la propia identidad, antes que confirmarnos en alguna imagen estable de nosotros mismos. En este sentido también podríamos releer este pasaje de la Carta a los Colosenses: “ Vosotros en efecto habéis muerto y vuestra vida ya está escondida con Cristo en Dios! Cuando se manifieste Cristo, vuestra vida, entonces también vosotros seréis manifestados con él en la gloria”. (3,3-4) Reemplazando al término “vida” la palabra “identidad”, se nos es indicada allí precisamente la modalidad profundamente metamórfica, sin posesión, es decir pascual del ser un yo cristiano.

 

  1. Existe pues un elemento fuertemente corrosivo en la identidad cristiana, en cuánto que cada identificación tradicional, de casta o de religión, de clase o de nacionalidad, fecundada por el Evangelio, viene profundamente relativizada, puesta en crisis, o hasta disuelta. Y este se ha visto desde el principio de la difusión del cristianismo, como el teólogo ortodoxo Olivier Clément ha enseñado: “Los mártires han destruido la sacralidad opaca del poder, la divinización del estado (.) Los monjes han destruido la sacralidad opaca del eros, de la tierra y de los astros.” Y luego, a lo largo de toda la modernidad, aunque sea en formas a menudo muy ambiguas y alteradas, se ha manifestado cada vez más dramáticamente esta naturaleza que se disuelve de la identidad cristiana con respecto de cada orden cultural de tipo tradicional. En fin ser cristiano significa destruir cada vez más radicalmente todas las jaulas identicas, dentro de las cuales nos hemos entrampado en los milenios de la historia, sólo engendrando guerras, conflictos y choques de identidad, de tribu, de razas, de religiones, etc. Es solo este incausable éxodo de nosotros mismos que puede abrirnos a nuestro verdadero ser, a aquella Tierra prometida de la paz y de la unidad entre los pueblos, que es el Reino ya presente en nosotros, en aquel espacio de misterio que soy Yo en Cristo.

Este esquema de la identidad cristiana parece pues corresponder muy bien a aquella figura de humanidad en escucha, esencialmente mariana, es decir grávida y feliz, que delineamos como emergente en cada uno de nosotros en esta fase crucial de la historia de la salvación. Es como si la forma más propia de la identidad cristiana quisiera justo ahora volverse el fundamento de una nueva cultura. Es como si el Verbo mismo estuviera penetrando más profundamente nuestra humanidad, disolviendo de ella otros fundamentos ilusorios, otras máscaras mortuorias, otras formas de identidad sustancialmente carceleras.

 

La cultura cristiano-occidental y su crisis benéfica

  1. ¿Pero este modelo de identidad del cristiano hasta qué punto ha determinado nuestra cultura cristiano-occidental en los siglos pasados?

Tenemos que reconocer con franqueza que la cultura de la cristianidad no se ha inspirado casi para nada a este modelo de identidad. Más bien hemos creído saber perfectamente quienes somos, de poseer además la verdad completa sobre nosotros mismos y sobre el mundo, y de deberla por tanto imponer a todos los otros. Hemos interpretado y vivido nuestra identidad de cristianos no como éxodo continuo, escucha agitada, promesa inspiradora y espera maternal y mariana; más bien hemos vivido como una especie de fortín bien provisto de armas teológicas, o hasta de corte y de fuego, produciendo de tal modo una guerra continua sea interna que externa, fomentada justo de aquella religión que habría tenido que llevarles a los hombres la paz.

Fuertes de esta identidad cristiana, empuñada justamente como un arma, y convencidos de siempre estar en lo justo, en la verdad, con Dios tras los hombros, hemos condenado a quienquiera no fuera como nosotros decidimos que tuviera que ser, demonizando, persiguiendo, marginando, o creando regímenes a fuerza en nuestros rangos ahora el hereje, ahora el judío, ahora el cristiano de otras confesiones, ahora los pueblos de distintas tradición religiosa, ahora la mujer, que siempre se pone a callar.

A este punto de nuestra reflexión podemos comprender como estas aberraciones dependan justamente de un cierto modo de concebir la misma identidad. Toda la búsqueda psicológica del siglo XX nos enseña en efecto que tanto más nuestro Yo es rígido y seguro de si mismo, tanto más  percibirà a los demás como una amenaza. Cuanto más somos cerrados en nuestras presunciones de posesión de la verdad, en nuestras arrogancias psicológicas o culturales, tanto más veremos en los demás enemigos a quien pisar a lo sumo subditos que convalidar. Este es lamentablemente  gran parte de la triste historia de la expansión cultural del occidente cristiano: una historia de guerras y de opresiones. Una vez más, también a nivel histórico-colectivo, vemos que de la manera de nuestra identidad depende la sustancia de nuestras relaciones con los otros.

  1. Por suerte justo en estos años hemos llegado, en la historia de la Iglesia, a un punto de cambio. Con su solicitud de perdón Juan Pablo II ha señalado en efecto un corte histórico, en cuánto por primera vez la Iglesia ha pedido perdón por todas las graves culpas contra la unidad de los cristianos, Israel, las mujeres, los demás pueblos, los derechos a la persona etc., qué derivan de hecho justamente de un modo egoico y posesivo de entender la misma identidad, la misma cultura y la verdad misma. La singularidad epocal del acto cumplida por el Papa en Cuaresma del 2000 fue subrayada con fuerza en el Documento “Memoria y reconciliación: la Iglesia y las culpas del pasado”, redactado por la Comisión teológica internacional, presidida por el cardenal Ratzinger: “En ninguno de los jubileos celebrados hasta ahora hubo, sin embargo, una toma de conciencia de eventuales culpas del pasado de la Iglesia, ni de la necesidad de pedir perdón a Dios por comportamientos del pasado próximo y remoto. Es más, en la entera historia de la Iglesia no se encuentran antecedentes de pedidos de perdón relativos a culpas del pasado, que hayan sido formulados por el magisterio.”

Volviendo a leer toda la historia de la Iglesia en esta clave de conversión radical se reformula la memoria misma de la Iglesia, y por  consiguiente la identidad misma del cristiano. En cierto sentido se vuelve a empezar de nuevo, nos re-evangelizamos. La identidad del cristiano se vuelve a poner en movimiento, retoma el propio viaje, halla la misma dinámica pascual a un nivel nuevo e inédito, aliviada de todas las parálisis, los bloques y las distorsiones de los siglos anteriores. Un gesto aquel del Papa que, creo, tenga que todavía emanar en toda su plenitud la fuerza profética, de auténtico volver a empezar, que lleva consigo.

Hacia una reunión entre cristianismo y modernidad

  1. Este nuevo dinamismo trans-figurativo, (y por lo tanto metanoico), de nuestra identidad de cristianos nos permite ante todo una escucha inédita de las culturas de la modernidad, y luego nos dispone a una escucha/comprensión de las otras tradiciones religiosas y culturales del planeta, que supere toda tentación “imperialística” u opresiva. Vemos enseguida y muy en resumen el primer punto.

Como sabemos la modernidad nace y se desarrolla como crítica y destrucción de todas las concepciones  tradicionales precedentes, cosmológicas como religiosas, científicas como políticas, en nombre de un nuevo saber más fuerte, en cuanto más verdadero que lo antiguo. En este sentido la categoría de lo “nuevo” emerge en la modernidad como atributo de positividad absoluta, contradiciendo desde el punto de vista tradicional, en base al que es lo antiguo, lo primordial, lo arcaico lo que garantiza la veracidad de un conocimiento y la validez de un comportamiento. Para el hombre moderno en cambio lo que es nuevo es mejor que lo que proviene de los tiempos más antiguos: la nueva ciencia es más profunda y más auténtica que las viejas supersticiones, la nueva sociedad es más justa que los viejos régimenes, y mi identidad está más adelante de mi, es más en el futuro que en el pasado, en lo que yo mismo sabré crear libremente más que en lo que he recibido en herencia de mis padres. De esta perspectiva “progresiva” derivan aquellos continuos motines de cambio que se aceleran entre el siglo XVI y el siglo XIX, llegando al vértigo revolucionario del siglo XX y de nuestros días. En realidad en esta proyección hacia el futuro, entendida como espacio-tiempo mejor del pasado, actúa una muy fuerte componente espiritual cristiana, que hace pensar en el  correr siempre hacia adelante de san Pablo, y, en general, al esquema de la Novedad absoluta que la Encarnación introduce en la historia: un Hombre Nuevo, una Nueva Alianza, un Mundo Nuevo, que está instalado ya en lo viejo y que lo empuja velozmente hacia un cumplimiento futuro.

  1. La Iglesia, sin embargo, no percibió para nada ni reconoció la esencia cristológica interna a los movimientos progresivos de la modernidad, se ha sentido al revés intensamente amenazada por ellos, por lo cual se ha opuesto con todas sus fuerzas a los distintos movimientos transformadores, en parte caóticos y destructivos, que emergieron. Esta incomprensión recíproca entre la Iglesia y las culturas modernas, incluso intrínsecamente cristianas, al menos en su salto positivo de liberación y conocimiento, ha creado y profundizado de siglo en siglo aquel cisma entre Iglesia y cultura moderna, que Pablo VI señaló como uno de los dramas más graves de nuestro tiempo, y que a menudo ha engendrado de una parte figuraciones eclesiales cada vez más serradas en defensiva y culturalmente ineficaces, y del otro desarrollos culturales “modernos” cada vez más pobres en visión espiritual, hasta los actuales resultados del nihilismo occidental. Es solamente a partir del Concilio Vaticano II que este cisma empieza con fatiga a reponerse, tanto que Pablo VI, justo al cierre del Concilio, el 7 diciembre del 1965, llegó a decir: “Una corriente de cariño y de admiración se ha derramado desde el Concilio sobre el mundo humano moderno. Reprobados los errores, sí; porque eso exige la caridad, así como la verdad; pero para las personas sólo llamado de atención, respeto y amor. En lugar de deprimentes diagnósticos, alentadores remedios; en lugar de funestos presagios, mensajes de confianza han partido desde el Concilio hacia el mundo contemporáneo: sus valores han estado no solamente  respetados, sino honrados, sus esfuerzos sostenidos, sus aspiraciones purificadas y benditas.”
  2. Esta re-conjugación por otro lado está empezando y solicitará múltiples ulteriores purificaciones y nuevas síntesis creativas. Tendremos que comprender mejor, por ejemplo, cuanto espíritu cristiano haya actuado y todavía actúa en los impulsos de la modernidad hacia la libertad individual y la participación democrática, de poner a fundamento de cada agrupación humana. Y tendremos además que comprender cuánta carga de renovación y liberación histórica, es decir de modernización, puedan emanar todavia las palabras del Evangelio. Ésto significa en definitiva escuchar más profundamente nuestra cultura, que es al mismo tiempo cristiana y moderna, aunque esté en formas diferenciadas segun pertenecemos a los países del occidente euroamericano, o bien provenimos de África o de América Latina o de Asia. La escucha más profunda de nuestra identidad cristiana, entendida como identidad abierta a la transformación y a la relación con el otro, nos ayuda en todo caso a reunirnos con aquellos trayectos de la modernidad que nos han enseñado justamente a proyectarnos siempre hacia nuevos descubrimientos, dándoles aquel horizonte de sentido que nos permite discernir lo que en ellos es de veras evolutivo de lo que sólo es locura, albedrío y presunción faustiana o, peor, frankensteiniana.

 

La identidad cristiana como abertura a las otras tradiciones

  1. Y llegamos al segundo punto que pudiéramos formular en forma de pregunta: ¿Si de veras nos compenetramos en esta nuestra identidad cultural, al mismo tiempo cristiana y moderna, y por lo tanto abierta a la transformación, a la escucha y a la aceptación del otro, como podemos relacionarnos con las otras religiones y culturas del planeta?

También con respecto a este problema nos encontramos en un momento completamente nuevo de la historia. Nunca como en estas últimas décadas, en efecto, hemos tenido tan cercanas las posibilidades de conocer las otras religiones: el buddhismo, el yoga, el Islam, etcétera, sea por una multiplicidad increíble de publicaciones y traducciones, sea por contactos directos, favorecidos por los movimientos migratorios cada vez más grandes. Pero lo que cuenta es que nunca como hoy hemos empezado a reconocer la validez espiritual de estas antiguas tradiciones. Ya la Declaración conciliar “Nuestra Aetate dijo: “La Iglesia Católica no rechaza nada de lo que es auténtico y santo en estas religiones. Ella considera con sincero respeto aquellas maneras  de actuar y de vivir, aquellas reglas y aquellas doctrinas que, aunque en muchos puntos difieran de cuánto ella misma cree y propone, sin embargo no raramente reflejan un rayo de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres”. (n.2c). Pero la Encíclica Novo Milenio Ineunte parece ir todavía más allá de cuando afirma: “El deber misionero, per otro lado, no nos impide ir al diálogo íntimo dispuesto a la escucha. Sabemos, en efecto, que, frente al misterio de gracia infinitamente rica en dimensiones e implicaciones para la vida y la historia del hombre, la Iglesia misma no acabará nunca de indagar, contando con la ayuda del Paraclito, el Espíritu de verdad, a quien justamente compite llevarla a la  “plenitud de la verdad” (cfr.Gv 16,13).

Este principio está a la base no solamente de la inagotable profundización teológica de la verdad cristiana, sino también del diálogo cristiano con las filosofías, las culturas, las religiones. Muy a menudo el Espíritu de Dios, que “sopla dónde quiere”(Gv 3,8), suscíta en la experiencia humana universal, a pesar de sus múltiples contradicciones, señales de su presencia, que los mismos discípulos de Cristo ayudan a comprender más profundamente el mensaje del cual son portadores”. (n.56)

La escucha y el conocimiento de las otras religiones pueden hasta enseñarnos algo del misterio de Cristo, que no hemos comprendido todavía. Y estas extraordinarias aberturas teológicas de Juan Pablo II son sin duda, efectos de una concepción mucho más flexible y abierta, es decir mucho más “moderna”, de nuestra identidad de cristianos.

  1. Ahora frente a estos desafíos epocales nosotros cristianos de la modernidad tardía corremos dos peligros contrapuestos y al mismo tiempo complementarios:
  2. a) el fundamentalismo, que nos empuja a refluir, por miedo, dentro de rígidas reafirmaciones de nuestra identidad cultural, ilusionándonos de superar los remolinos de la modernidad volviendo hacia sí mismos imaginario de la Edad Media, y continuando así con aquella estrategia del cierre a rizado y de la autodefensa, que ha provocado ya no pocas quiebras y figuras desagradables en la historia de la Iglesia de los últimos siglos;
  3. b) la deriva niquilistica, que nos empuja, en cambio, a creer que el progreso cultural consista en una pura y simple pérdida del específico cristiano. Esta pérdida niquilistica puede presentarse sea bajo forma de descristianización laical, sea bajo forma de espiritualismo criptoinduistico. Este último es hoy muy difundido en las áreas metropolitanas, y se basa en una concepción, sustancialmente hindu, que hace de Jesús uno de los muchos sabios, de los avatares, de los muchos profetas de la historia.
  4. ¿Y entonces? ¿Cómo podemos afirmar nuestra identidad cristiana y moderna sin tenernos que poner a la defensiva, sin atacar o rechazar a los otros? Aquí, creo, pueda ayudarnos justamente el recorrido que hemos desarrollado hasta este punto. El tipo de identidad metanoica que está emergiendo en esta fase crucial de la historia de la salvación, como posible desemboco de la entera civilización cristiano-moderna, nos puede, en efecto, permitir ser mucho más cristianos cuanto más abiertos a la escucha del otro.

Vamos a precisar este último punto en forma muy esquemática:

  1. a) El punto de salida para nosotros cristianos es lo definitivo de la revelación de Dios en Jesús: “La economía cristiana, pues, en cuánto es la alianza nueva y definitiva, no pasará nunca, y no se tendrá que esperar alguna nueva revelación pública antes de la manifestación gloriosa del Señor nuestro Jesúscristo.” Este concepto expresado en la Constitución conciliar Dei Verbum, n.4, ha sido confirmado ampliamente en la Declaración “Dominus Jesus” de la Congregación por la Doctrina de la Fe (n.5-6).

b)Pero la revelación de Cristo es definitiva no tanto porque nos dice en conceptos y en definiciones toda la verdad, todos los contenidos de la verdad divina, que sin embargo continúa a manifestarse en la historia en modos siempre nuevos; cuánto más bien nos revela definitivamente que Dios se hace Hombre en la historia, a lo largo de un proceso histórico. Es decir nos revela la historicidad esencial, la procesualidad  económica de la revelación de Dios, y por lo tanto, de nuestras mismas identidades, como ya hemos visto. Lo definitivo de la revelación de Dios en Cristo no solamente cierra, sino abre y dilata infinitamente el dinamismo histórico, por el que la humanidad se asoma hacia su misma realización/salvación, y por lo tanto, relativiza cada pretensión adquisitiva o reclusiva, y por lo tanto bloqueadora, de la Verdad. La Verdad-Cristo está siempre delante de nosotros, nunca completamente poseída, y justamente por esto puede venir a nuestro encuentro hasta por quién ní  cree en él, como el Papa nos ha recordado.

  1. c) Es sólamente esta humildad identitaria, esta conciencia de ser proyectada hacia una revelación cada vez más plena de nuestra Humanidad, es decir, hacia una comprensión cada vez más integral del misterio de Cristo, que nos puede permitir luego escuchar de manera sincera las otras tradiciones religiosas, yendo no sólo más allá de las naturales respuestas de hostilidad, sino  también más allá de la neutral tolerancia. La identidad metanoica tiende en efecto  una comunión inaudita, que se podrá concretar en la medida en que la comunidad cristiana sabrá dejar crecer en si a aquel Hombre-Dios, que está uniendo ya la entera humanidad más allá de todas nuestras pretensiones adquisitivas o hegemónicas.
  2. En sintesis: El cristiano del siglo XXI, justamente en cuánto cristiano, comprende que está procediendo hacia una identidad, (un ser él mismo) y un conocimiento, (de Dios y del mundo), que están delante de nosotros, y que está yendo junto a todas las personas y las culturas de la tierra, que pueden, por lo tanto, ayudarlo a volverse verdaderamente realmente él mismo, verdaderamente cristiano, y a quienes yo puedo ofrecer ciertamente los tesoros de mi fe, pero precisamente sólamente como dar y ofrenda/entrega de un servicio. El cristiano del siglo XXI custodiará como parámetro único de la propia identidad sólo los frutos de pacificación y amor que sabrá producir. Sólamente de la verdad y de la real  encarnación del amor ofrecido y donado querrá ser identificado y  reconocido. Qué éste pueda llegar a ser nuestro único documento de identidad, nuestra única fuerza.


Esquema del trabajo de grupo del día 15 de julio

Horas 11-12.30

∑         Primeras impresiones y preguntas sobre la relación

∑         Momento de silencio y meditación para contestar por escrito a las siguientes preguntas:

∑         ¿Hemos tenido experiencias de contactos positivos o difíciles con personas pertenecientes a otras religiones?

∑         ¿Hemos tenido experiencias de contactos positivos o difíciles con personas pertenecientes a la cultura nichilistica contemporánea?

∑         ¿Hemos encontrado a personas influenciadas por las nuevas formas de espiritualidad, de tipo Nuevo age, y con cuál titubeas relacionales?

Se propone de averiguar nuestras dificultades a escuchar y a aceptar los muchos puntos de vista religiosos y las concretas posibilidades de testimoniar al Cristo sin por éste caer en la  defensiva o cerrarse a la acogida del otro.

 

Horas 15.30-16.30

Se continúa el compartir apenas encaminada en la mañana.

 

Horas 17-18

Dialogo en asamblea con el relator sobre los varios temas discutidos en el día y sobre cuánto se ha podido adquirir en los muchos grupos de trabajo.